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LOS DIOSES AZTECAS


Canto Azteca

Cant. Mex., t. 14 v., Iin. 3 ss. De Tenochtitlan .

"A este mundo venimos a dormir,

venimos a soñar, porque no es verdad,

no es verdad, que hayamos venido

para vivir la realidad"






Cruzó el Atlántico por el hilo del teléfono y llegó al hospital. Observó a su padre conectado a una máquina. La enfermera apuntó la hora del fallecimiento. Las sábanas modelaban un cuerpo absurdamente juvenil. Parecía que iba a despertarse y hablarle, pero no fue así.

Miró hacia abajo, se abrió una zanja donde había una escalera. Ella, su madre, sus hermanas y sobrinos, iniciaron el descenso por los escalones de ceniza. Primer escalón, el cuerpo sin vida. Segundo, el chantaje del personal sanitario para entregar el cadaver de su padre. Tercero, la funeraria. El último, el cementerio. La zanja se cerró.
Los siguientes días fueron una frenética peregrinación. Buscó los pasos de su padre por esa metrópoli surrealista donde todas las etnias, los credos y todas las épocas se movian en el mismo espacio. La creencia era que, en esa ciudad convivían los vivos con los muertos y éstos últimos se paseaban por las calles.
Una tarde llamaron a la puerta de su casa. Era su padre, sonrió y sintió que le dijo: “que bueno que has podido venir” . La imagen se desvaneció. Pero para ella eso fué irrelevante, lo cierto e indiscutible era que él vino a despedirse de ella.
Sus días se agotaron, llegó el momento de partir y una noche volvió a subirse al avión. Contempló la ciudad dorada y esmeralda. Recordó aquella afición de su padre por las figuras prehispánicas y lentamente, en el cristal de la ventanilla, empezó a dibujarse el perfil del panteón de los dioses aztecas.


 
 
 

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