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JEAN, EL PERFUMISTA DE LA CALLE TACUBA EN MEXICO D.F.















"Un buen perfume es obra de la paciencia, un arte”. Estas son palabras textuales de un perfumista que entrevisté –hace casi cuarenta años- en una perfumería de la calle de Tacuba en el Distrito Federal, México.


Se llamaba Jean.


Me recibió en su minúsculo laboratorio y en medio de alambiques, retortas y conjunción de aromas le pregunté:

P.--Cuénteme algo sobre la historia del perfume.


R.---Con un acento que delataba su origen extranjero -a pesar de sus treinta años de estancia en México- me dijo: “los pueblos primitivos ya realizaban sus ritos religiosos quemando plantas que despidieran aromas, pero fue en los templos de Menfis y Jerusalén donde nacieron los perfumes. Los árabes inventaron el alambique, codificaron reglas y fueron los primeros en exportarlos. Finalmente hemos sido nosotros, los franceses, los que los hemos llevado a todo el mundo con lujo y categoría”.

P. — ¿Les otorga a los perfumes algún beneficio mágico?


R. —Se mesa la blanca barba y medita mientras camina de un lado a otro, finalmente responde: “oui”. Yo preparo perfumes para negocios, para personas que desean el amor, para el éxito. Luego calla repentinamente y cambia de tema. Los principales componentes de los perfumes son de origen vegetal, animal y sintético.


Jean fue todo un personaje en el mundo de la perfumería, debido principalmente a que se rodeaba de misterio, ya que únicamente recibía a personas con “recomendación”. Entre su clientela se contaban personas de las altas esferas, que según decían, <<debían su felicidad y éxito a sus perfumes>>.

Jean estaba de acuerdo en la clasificación de los perfumes de la siguiente forma: ligeros, luminosos, aromáticos, calientes, picantes, mitigantes y estimulantes.

Decía: -para una persona dinámica recomiendo un perfume estimulante, para una exaltada, un cálido, para la romántica uno sedante, para la reservada, uno aromático”.

Perfumes con personalidad.

Jean creaba para cada uno de sus clientes un perfume diferente. Para su preparación realizaba un estudio detallado de su personalidad, luego mezclaba el contenido de varios tubos de ensayo y finalmente escribía en su libro la fórmula para uso exclusivo de cada persona.

Jean era bajito, de extremidades cortas, ojillos ratoniles de color azul, barba y pelo blanco e impecable delantal. Le observé paseando por la habitación, asiendo fuertemente los frasquitos de sus esencias, como si temiera que se los fueran a robar.

Jean decía: -todos los olores son en cierto modo representaciones de una impresión visual y sensitiva a la vez. Por eso, en lo que se refiere a la mujer, ésta debe tener especial cuidado al elegir su perfume. Una rubia fina y delicada, usará un perfume luminoso y aromático; una morena y exótica, un perfume caliente de almizcle y ámbar, mientras que para la pelirroja ya atrevida de por sí, aromas de gardenia o lirio.


Para Jean las palabras eran aromas y cada pedido una oportunidad de experimentar una nueva combinación, para que la persona conectara con su esencia.


De sus estantes sacó un frasquito con forma de diamante y me dijo: "para que lo guarde como recuerdo de esta entrevista", y nos despedimos.


Aún después de tantos años, permanece en mis papilas olfativas y en mi recuerdo, la aromática y centellante figura del alquimista extranjero que vivía como escondido, en aquel laboratorio de perfumes en la mítica calle de Tacuba de la ciudad de México.




 
 
 

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