FELIX RODRIGUEZ DE LA FUENTE -VERANO 1975, MADRID
- Bertha Diaz Olmos
- 24 nov 2021
- 3 Min. de lectura
Como decía Cicerón:
“La vida de los muertos
perdura en la memoria de los vivos” .

La investigación realizada por Cuarto Milenio para el Especial Félix Rodríguez de la Fuente, trajo a mi memoria aquel verano de 1975, cuando tuve la oportunidad de colaborar, como becaria -aunque en aquella época no se llamaba así- en ADENA/WWF, Asociación para la Defensa de la Naturaleza.
En ese tiempo, las oficinas de ADENA se encontraban en un piso adaptado para ese fin, en la c/Joaquín García Morato, cerca de la Glorieta de Alonso Martínez, el vicepresidente era Félix Rodríguez de la Fuente. Mi trabajo consistía principalmente en traducir textos relacionados con la vida salvaje. En ese momento había una gran campaña internacional a favor de la protección del tigre.
A través de esas traducciones inicié mi formación autodidacta sobre medio ambiente y ecología; y nació el deseo de colaborar para conservar y proteger la vida en cualquiera de sus formas. Todos los ecosistemas, las especies, incluida la humana, somos el entramado que conforma nuestro planeta.
--De todos ellos, el más prescindible, el ser humano por sus actividades y codicia.
Fui testigo de la tremenda influencia que Félix y su labor, ejercían en los jóvenes. Diariamente se recibían en ADENA cientos de llamadas de niños que querían apuntarse al Club de los Linces -para convertirse en vigilantes y protectores de la naturaleza.
No recuerdo cómo llegó a mí, en el idioma inglés, “La carta del gran jefe Seattle de la tribu de los Swamish, a Franklin Pierce, Presidente de los Estados Unidos de América”, ante la propuesta de su gobierno para que los Swamish cedieran sus tierras. Se puede decir que el jefe Noah, en 1854, elaboró el primer manifiesto en defensa del medio ambiente y de la naturaleza. El jefe indio murió el 7 de junio de 1866, pero sus palabras continúan vigentes: “no somos los dueños del planeta, sino sus custodios”.
Traduje la carta que circuló entre mis compañeros de la oficina, uno de ellos, no recuerdo quién, quizá Conchita, o Jesús, o María Ángeles, la presentó a la dirección, y se la hicieron llegar a Félix, a quien no solo le gustó, sino con la amabilidad que le caracterizaba, me preguntó si él mismo podía leer la traducción, en alguna de las noches de fogata del campamento para niños del Club de los Linces. Así que invitada a participar como monitora, ese verano conocí el Refugio de Rapaces de Montejo de la Vega Segoviano.
Esa experiencia ha quedado grabada en lo más profundo de mi ser. El paisaje ancestral, las rapaces, el sonido de las palabras del indio Seattle en la voz de Félix -como si los dos fueran una misma persona- transfigurados por el humo y el resplandor de la hoguera.
Mi visión es que la naturaleza nos demuestra con la fuerza de sus ciclos, la fragilidad del ser humano. El hombre ha tenido que recurrir al ingenio y a la observación, para inventar, por ejemplo, artefactos que lo transporten: aviones, submarinos o helicópteros, inspirándose en las capacidades innatas de los pájaros, los delfines y los colibríes.
Treinta años después, compruebo que esa consciencia ecológica que Félix inculcó en España, respecto al significado e impacto de la naturaleza, ha calado no solo en los niños, sino en todos los que escuchamos su apasionado discurso. Gracias a su trabajo de divulgación continúa, sabemos que ésta no es una tarea para unos pocos, sino para todos y por tiempo ilimitado.
El que destruyere cualquier forma de vida, destruye también su eslabón en la cadena de la evolución.







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